A SER FELIZ SE APRENDE

Fundamentos del programa de promoción del bienestar para adolescentes, de Shannon M. Suldo. (Traducción, resumen y comentarios de Ricardo Musalem)

 

Hoy en día la felicidad se ha convertido en un tema de estudio que despierta gran interés. La teoría de la psicología positiva ha enfatizado el carácter aprendido de patrones de comportamiento, modos de interpretación de hechos o representación de sí mismo y de las experiencias, que son precursores sentimientos de desvalorización, infelicidad, desesperanza. Por el contrario, han identificado una serie de actitudes y disposiciones de personalidad que favorecen el bienestar y finalmente los sentimientos de felicidad. Lo importante es que estas actitudes se pueden enseñar y entrenar, es decir, se puede promover su práctica para que se incorporen en el repertorio comportamental y actitudinal de las personas. Han definido actitudes orientadas al pasado, como la gratitud y el orgullo por el logro y otras actitudes asociadas al presente, como la amabilidad, las fortalezas de carácter y la capacidad de saborear y disfrutar de los buenos momentos. Finalmente hay actitudes orientadas al futuro, tales como el pensamiento optimista y la actitud de logro o como la denominan los investigadores, esperanza.

 

En cuanto a las actitudes orientadas al pasado, la más determinante es el desarrollo de la capacidad de gratitud. La gratitud es la experiencia emocional valorativa de sentir un beneficio o un bien hecho por otra persona con nosotros. Es una respuesta que despierta aprecio y valoración hacia el otro, y un deseo de corresponder ese bien de alguna manera. Los investigadores han concluido que ser agradecido, ya sea vivido como sentir gratitud, tener gestos de agradecimiento o practicar la gratitud de manera concreta, beneficia la salud mental y la satisfacción emocional. Hay actividades muy simples que promueven el desarrollo de la gratitud como actitud de vida: 1. hacer un diario de gratitud en el que una persona registre las cosas buenas vividas en el día, cosas por las que se sienten agradecidos y las personas que tienen que ver con que eso haya ocurrido. 2. Hacer una lista de personas que han sido amables con ellos y proponerse expresarles agradecimiento ya sea verbalmente, mediante una nota o una tarjeta. 3. Expresar la gratitud a alguien través de una carta escrita entregársela a la persona elegida. La práctica dirigida de la gratitud permite a los jóvenes experimentar un conjunto de emociones positivas tales como cercanía, conexión emocional, empatía, y además recibir cariño, sonrisas, representando una experiencia de recompensas emocionales positivas y aprendizaje social, que aumenta las posibilidades de sentirse feliz, conectado, motivado socialmente.

 

Existen actitudes asociadas al presente que influyen en la experiencia de felicidad, generando alegría, entusiasmo, calma o sentimiento de fluir. Estas emociones se despiertan de dos maneras; mediante la búsqueda de experiencias placenteras de naturaleza sensorial, y mediante gratificaciones, que suponen una entrega a algún interés que compromete nuestra motivación y voluntad. En las actividades que nos producen gratificación, nos sentimos inmersos en la experiencia de nuestro interés; son actividades que se disfrutan a través del pensamiento, la expresión artística o el ejercicio de destrezas de distintos tipos. Ir incrementando las gratificaciones que están más relacionadas con la felicidad a largo plazo es más efectivo para promover la felicidad que buscar experiencias de placeres sensoriales, ya que éstos son momentáneos y de corta duración. Las gratificaciones no son tan fáciles de conseguir como son placeres. Los estudiantes deben descubrir sus destrezas y formas como desarrollarlas. Esta dimensión de la felicidad se alcanza mediante hobbies, actividades deportivas, culturales o reflexivas, y se asocia a “hacer lo que a uno le gusta”.

 

Otra de las actitudes orientadas al presente es la amabilidad. Se refiere a la expresión de interés, respeto o consideración por la otra persona, sus sentimientos y necesidades, mediante gestos de cordialidad, buena voluntad y simpatía. Son acciones que benefician o hacen felices a otros, postergando momentáneamente los intereses o necesidades personales. Los investigadores comprobaron que proponerse actuar con amabilidad y realizar al menos tres actos amables diariamente, aunque fuera un día definido a la semana, favorecía los sentimientos de bondad y gratificaciones altruistas. Algunos ejemplos de actos amables o bondadosos incluyen actitudes cooperativas y centradas en el bien común, como hacer tareas domésticas típicas como pasear al perro, lavar los platos, ayudar a los hermanos o compañeros de clase con las tareas escolares, y ayudar al profesor a limpiar el aula. Poder compartir con otros las experiencias de realizar actos amables o bondadosos, potencia la satisfacción y motiva a continuar haciéndolo, sintiéndose cada uno validado al estar todo el grupo con el mismo propósito.

 

El desarrollo y formación del carácter en la juventud ha sido durante mucho tiempo el objetivo de la educación socioemocional de los programas escolares. Peterson y Seligman (1), conceptualizaron las fortalezas de carácter como un conjunto de rasgos asociados a seis virtudes valoradas transculturalmente como principios morales indiscutibles: sabiduría y conocimiento, valentía, humanidad, justicia, temperancia y trascendencia. De la sabiduría se desprende la creatividad, curiosidad, amor al aprendizaje, apertura de mente y juicio claro; de la valentía se desprende la honestidad, el valor, la perseverancia, y la energía para vivir; de la humanidad se desprende la amabilidad, el amor y la inteligencia social; de la justicia surge el trato justo e igualitario, el liderazgo y el trabajo en equipo; de la temperancia emerge el perdón, la humildad, la prudencia y la autoregulación, y de la trascendencia se desprende el aprecio a la belleza y la excelencia, la gratitud, la esperanza, el humor y la espiritualidad. El ejercicio de estas virtudes y el esfuerzo por encarnar estos rasgos en el carácter va formando una personalidad sólida, con variados recursos, lo que favorece un sinnúmero de emociones positivas asociadas al actuar bien, un sentido de humanidad, de bondad personal, de fortaleza, en conjunto con la posibilidad de recibir reconocimiento del entorno social, y lograr armonía en la vida, estableciendo un equilibrio en la relación entre quién se es y quién se quiere ser. Tener expectativas positivas pero realistas con relación al desarrollo del propio carácter permite fortalecer la autoestima, factor determinante del sentido de felicidad. Un exceso de idealismo por sobre las posibilidades de funcionamiento genera conflictos y afecta la autoestima y por el contrario, una carencia de ideales acerca de sí mismo y la propia vida, genera falta de sentido, falta de autovaloración, insatisfacción y perdida de experiencias morales de bienestar consigo mismo asociadas al ejercicio de valores.

 

Otra actitud fundamental para el bienestar es aprender a saborear las experiencias positivas. Saborear se refiere a la disposición a apreciar, disfrutar, alargar y “paladear” emocionalmente las experiencias positivas de la vida. Implica alegrarse de lo vivido, celebrar, pensar con gratitud, detenerse y reflexionar sobre el evento positivo, sus pormenores y sentimientos asociados. Saborear las experiencias potencia el estado de ánimo alegre y permite conservarlo por más tiempo. Saborear proporciona una manera de extraer el placer, la emoción y el disfrute lo más posible desde el presente. Por otra parte, disfrutar y saborear experiencias positivas es una forma de ser resiliente, puede ser particularmente beneficioso cuando la frecuencia de eventos positivos en la vida es relativamente baja. Cuando los jóvenes “le sacan el jugo” a una experiencia positiva, compartiendo su emoción con alguien, celebrando o dándole importancia, mantienen un ánimo y emociones positivas por más tiempo. Ayudar a los jóvenes a detenerse en los buenos momentos, compartirlos, conversarlos y celebrarlos, aportará a su experiencia de felicidad y satisfacción frente a la vida.

 

En cuanto a actitudes orientadas al futuro, se identifican aquellas que aportan a generar confianza, esperanza y expectativas positivas para el futuro. Se ha promovido que los jóvenes construyan una imagen personal del “mejor yo posible del futuro”, pensando también estrategias para ir acercándose a sus objetivos. Se ha correlacionado tener pensado “un mejor yo del futuro” con la búsqueda de alcanzar objetivos que generan satisfacción, mejor autoestima o mayor bienestar. Existen dos actitudes muy concretas que favorecen el logro de objetivos. El pensamiento optimista y la actitud de logro.

 

El pensamiento optimista se relaciona con una disposición interna de interpretar y procesar experiencias y desafíos estableciendo expectativas positivas para futuro. Esto se logra gracias a una manera de hacer atribuciones que potencia el sentimiento de control de la persona sobre sus experiencias y logros. Se ha desarrollado un modelo que se ha denominado “Optimismo aprendido”, para educar y entrenar el desarrollo de actitudes optimistas. El optimismo aprendido enseña a los jóvenes a ver lo positivo: los eventos vitales positivos se interpretan como permanentes, generalizados y debidos al esfuerzo y rasgos personales, mientras que los eventos de la vida negativos se interpretan como temporales, limitados al incidente inmediato y resultantes de fuerzas externas El estilo explicativo optimista incluye realizar atribuciones de permanencia a eventos positivos de la vida. Los eventos positivos se ven en términos de rasgos y habilidades, por ejemplo, “me fue bien porque soy bueno en los deportes. En contraste, los eventos negativos de la vida se conceptualizan como asociados a factores temporales, como un estado de ánimo transitorio, debido a esfuerzo insuficiente o se relaciona las características situacionales que contribuyeron a un resultado negativo. Por ejemplo, “no estudié lo suficiente para sacarme 7, así que tendré que esforzarme más para la próxima prueba”. “Hoy no jugué tan bien porque estaba desconcentrado, pero probablemente haré un gol en el próximo partido”. Los estudiantes con estilos interpretativos optimistas ven los eventos positivos como generales, por ejemplo, “Me va bien en toda mis clases porque reviso mi agenda y hago mi tarea después del colegio y los eventos negativos como específicos; “me saqué mala nota porque no pude estudiar lo suficiente”. La pieza fundamental del estilo explicativo optimista es la personalización. Los optimistas se dan crédito por eventos positivos, como en el siguiente ejemplo, “Gané el concurso por mi esfuerzo y talento en la escritura creativa”. Para enseñar pensamiento optimista hay que entrenar a los estudiantes para generar atribuciones optimistas a varios eventos positivos y negativos. (2)

 

Se ha visto que un elemento que determina niveles altos de satisfacción y felicidad es la presencia de motivación y esperanza de logro, que se refiere a la aptitud para establecer metas personales, identificar métodos para alcanzarlas y motivarse para utilizar esos métodos a través de un pensamiento de agencia o autogestión. La expectativa de logro se desarrolla y permite conceptualizar ambiciones futuras y estrategias para lograrlas. Los estudiantes que tienen altos niveles de esperanza de logro tienden a ser más exitosos en la obtención de sus metas y por consiguiente, experimentan más emociones positivas, lo cual incrementa la satisfacción personal en sus vidas. Estudiantes a los que se les entrenó para desarrollar metas, crear y perseguir las a través de métodos específicos, resignificando obstáculos y barreras, desarrollaron progresos en sus niveles de satisfacción y bienestar personal. Desarrollar una actitud de motivación y esperanza de logro es determinante para hacer el mejor esfuerzo y es muy efectivo en favorecer conductas auto regulatorias en función de alcanzar la meta deseada, sobre todo cuando se asocia a una representación positiva de la propia identidad, actitud positiva frente a errores y obstáculos.

 

En síntesis, podemos concluir que actitudes que promueven sentimientos de felicidad y bienestar pueden ser incentivadas, entrenadas y instaladas en la personalidad primero como conductas en práctica, luego como hábitos y luego convertirse en rasgos de carácter, que son aspectos estables de nuestra personalidad. Es tarea de las familias y de los colegios educar en estas habilidades socioemocionales para la felicidad. Concluimos que a ser feliz sí se aprende.

 

 

Bibliografía.

  1. “Character streghts and virtues: A classification and handbook.” Peterson, C Seligman..M.E.P (2004) Washington, DC. American Psychological Association.
  2. “Promoting Students Happiness. Positive Psychology interventions in Schools”.Shannon M. Suldo. 2016. The Guilford Press. ( Págs 72 y 73)

 

 

 

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